mercoledì 14 ottobre 2009

"Dos Hermanas, ¡¡qué barrio tan conflictivo!!"

http://www.publico.es/espana/259683/heridos/guardias/pelea/vecinos/hermanas

Acaban de llamar a Ysa y van y le dicen: "Ustedes están en Dos Hermanas, ¿verdad? ¡Qué barrio tan conflictivo".

Ya veis, sales una vez en televisión, no tienen ni idea de dónde estás, de quién eres o de cómo eres y ya te llaman "barrio conflictivo".

1. Dos Hermanas no es un barrio, es una ciudad.
2. Es la novena ciudades de Andalucía por población, más grande que Jaén y casi como Cádiz.
3. Esto me importa un pito. Pero desmiente categóricamente que Dos Hermanas sea un barrio.
4. Dos Hermanas es un barrio, perdón, una ciudad como otra cualquiera. Eso de los altercados conflictivos ocurren, como en todos lados, de vez en cuando.
5. Que haya una noticia de altercados con pedradas no la convierten en conflictiva.

Como muestra, un botón: éste es el botón que muestra lo que ocurre cuando se habla sin cabal conocimiento de lo que se está hablando. Y cómo los medios de comunicación modernísimos unidos con la estupidez extendida y la rapidez de prejuicio hacen que se deforme la realidad, que ya no es real, que deja de ser lo que es para pasar a ser lo que creemos que es, y que encima lo creemos como si fuera verdad "porque lo dice la tele, y si lo dice la tele será verdad".

El próximo, sí, continuará con lo de la alimentación.

domenica 11 ottobre 2009

La dieta mediterránea


"Everything you know is wrong"
U2.

Un aspecto interesante y destacable de la mentira colectiva en que estamos todos inmersos es eso de la "dieta mediterránea". El español suele ser una persona que considera que todo lo hace bien: Quizá en otros países se trabaje mejor, quizá otros pueblos sean más ricos o avanzados tecnológicamente y seguramente en otras naciones la gente gane más dinero, tengan mejores servicios y sus políticos sean más serios y rigurosos, pero da igual todo eso porque, como se vive en España, no se vive en ningún sitio. El español piensa que la forma de vida de aquí es la mejor del mundo, por lo que esa falta de riqueza, esa falta de organización o esa política más "de platillo y trompeta" que de cerebro y trabajo dan un poco igual ante el maravilloso estilo de vida de que disponemos. El español (como también lo cree el italiano, y, estoy seguro, el griego y el francés) es el mejor ser del planeta porque disfruta de la vida, y eso incluye una dieta sanísima, tan sana que esos países más ricos, cultos y avanzados intentan con empeño imitar e importar a sus cocinas.

Sin embargo, ¿alguien sabe con certeza qué es eso de la "dieta mediterránea"?
Las primeras referencias a la expresión de marras aparecen hacia finales de la década de los 40, cuando un grupo de investigadores norteamericanos (posiblemente atraídos por el descubrimiento de esas poblaciones semibárbaras que iban dejando los aliados tras su retirada de la vieja Europa) empezaban a descubrir que las poblaciones más recónditas de las islas griegas, de Creta y Chipre, de la Italia profunda, del sur de Francia y de la atrasada España tenían unas tasas de afectación de enfermedades coronarias mucho más bajas que los países del norte. Esas poblaciones, donde la tecnología médica no habría de llegar hasta varias décadas más tarde y cuya ingesta de grasas era mucho mayor que las del avanzado norte, poseían personas más sanas, cuerpos más robustos que morían extrañamente menos por unas enfermedades que entonces se creían causadas por un exceso de alimentación grasienta. En sus investigaciones, doctores como Leland G. Allbaugh y Ancel Keys descubrieron que el secreto detrás de tamaño misterio provenía probablemente de un estilo de vida más activo (debido a las largas jornadas de trabajo en el campo), pero también de la ingesta de una serie de productos, típicos del mare nostrum, de propiedades inquietantemente saludables. Así, esa alimentación basada exclusivamente en productos de la tierra, como son los cereales, verduras y frutas frescas, las legumbres y el queso, y sobre todo el aceite de oliva y el vino en cantidades moderadas, con pequeñas incursiones de carne y pescado azul, tenían efectos prolongadores de la vida, a pesar de contener unas cantidades de grasas tremendamente más altos que los considerados a la sazón correctos. A esto lo llamaron "dieta mediterránea".

En realidad, ningún pueblo o país practicaba entonces esa "dieta". Lo que los investigadores reunieron fueron una serie de pautas, de alimentos y de modos de consumirlos, que de forma más o menos afín seguían estas poblaciones. Quizá en Francia se abusaba de las grasas animales, en Italia se alimentaban de pasta y arroz y en Grecia o Turquía de yogurt y pitta, pero en general se podían definir unas interesantes líneas comunes. Igualmente, la alimentación de aquella época estaba fuertemente influenciada por el hecho de la postguerra: los alimentos eran escasos, la carne era muy cara y la gente comía más lo que podía que lo que le gustaba.

Las investigaciones posteriores no hicieron más que confirmar los descubrimientos de estos pioneros, añadiendo además valor científico y rigor médico: que el aceite de oliva contiene un tipo de grasas que hace reducir el colesterol malo, que el pescado azul -antes considerado poco menos que un veneno-, idem de lo mismo, que el yogurt ayuda a las bacterias intestinales que a su vez ayudan a las defensas del organismo, que los antioxidantes de la fruta atrapan los radicales libres causantes del envejecimiento, y que además el vino desbloquea las venas y las dilata y previene el infarto. Total, que la "dieta mediterránea" es una cosa increíble.

Pero ocurrió que la vieja Europa comenzó a recuperarse de la guerra. Las poblaciones se hicieron más ricas, los que no eran ricos abandonaron el campo para trabajar en las fábricas, y los hijos de éstos escalaron a las oficinas. La carne empezó a ser menos cara, y la bollería industrial, los platos precocinados, las grasas hidrogenadas y los congelados nos hicieron la vida más sabrosa y fácil. Las verduras empezaron a considerarse aburridas, las legumbres pasaron de moda y la fruta se podía comer en almíbar, los refrescos azucarados nos dieron sabor a las tardes y las cenas opíparas, los postres de chocolate y crema y los cubatazos de ron o güisqui nos alegraron las noches y las madrugadas. Siguiendo ancestral evolución nos hicimos más sedentarios, tuvimos menos tiempo y cocinamos menos, el frito substituyó al asado y la industria casi borró la huerta, el campito y el "hecho a mano".

Y la "dieta mediterránea", cacareada por el patriotismo, por la autojustificación y, por supuesto, por el ojo avizor del marketing nos cautivó a todos. Esa dieta, que nunca existió, que son sólo pautas, que se dedujo en medio de unas circunstancias especiales e irrepetibles -postguerra, simplicidad de vida y medio rural- se ha convertido ahora en el eslogan y la bandera de nuestra forma de entender la sobremesa. El engaño no es que nos guste lo que comemos, que está muy bien y es, ¡claro!, cuestión de gustos: el engaño es creernos que es la mejor dieta posible, o bueno, quizá no sea la mejor, pero seguro que es buena. Claro, somos mediterráneos, como el chorizo, la carrillada y el secreto ibérico. Como la carne en salsa y la morcilla de Burgos. Como el jamón curado, las gambas de Huelva y la mayonesa. Como el pescaíto frito y la bollería de crema. Como todo lo que comemos. Y como todo eso es mediterráneo, pues nuestra dieta también lo es, y es la mejor. ¡Lo dicen los americanos!

No nos engañemos: aunque nos guste, lo que comemos no es tan sano como pensamos. España abusa de la carne. Andalucía, del frito, que por mucho que se fría con aceite de oliva, ralentiza el estómago. Y la fritura que hacemos, el frito sobre frito, la freidora de aceite reutilizado y de temperatura alta, no, no es buena. Comemos poca verdura, poca legumbre y poca fruta. La bollería industrial, la margarina y la crema no son sanas, bien, no es que sean malas, pero abusamos. Ya hoy día casi no comemos pan, y el que nos venden es bastante malo, de harinas requeteblancas sin traza alguna de fibra. Los congelados, y en general, todo lo que no sea fresco, no, no es bueno.

Claro, no es que sea malo. No es un veneno. Nadie se va a morir por comer lo que comemos, eso es así. Simplemente, no es tan sano como creemos. Nuestro estómago, nuestro intestino, nuestras defensas, la sangre y líquidos no están precisamente contentos con lo que les damos, en especial los primeros: y si no, esperad a ver el próximo post.

Como decía el anterior psot, solemos creer lo que nos cuentan sin darle profundidad, sin cabal conocimiento, sin pensarlo 2 veces. El titular es lo que cuenta, y sucede que nos engañan. No, no te engañes más: cómelo si te gusta, pero no es tan bueno.

Abajo, la mil veces repetida pirámide nutricional, mediterránea. Haz un juego: observa si realmente comes como dice ahí. Verás que no.


giovedì 1 ottobre 2009

Prejuicios

Me parece a mí que, por mucho que lo neguemos, por mucho que no queramos y por mucho que lo intentemos, todos abusamos del

prejuicio.

1. m. Acción y efecto de prejuzgar.

2. m. Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.


que es sustantuvo de

prejuzgar.

(Del lat. praeiudicāre).

1. tr. Juzgar de las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento.


Así lo define la RAE, y de juzgar las cosas antes de tiempo, o sin saber de ellas cabal conocimiento, no nos salvamos ninguno.

Porque quizá, y en realidad, todos somos superficiales, y eso de opinar con cabal conocimiento no es muy de personas. Se podría decir que seguimos siendo animales, que nuestra capacidad de profundizar, de tener ideas incisivas, de analizar en detalle y de informarnos apropiadamente antes de dar una opinión la aprovechamos muy pocas veces, que sí, que poseemos esa capacidad, un cerebro descomunal, un analizador impresionante capaz de procesar una cantidad ingene de información y de llegar a las conclusiones más diabólicas o divinas, pero pocas veces o nunca la usamos.

Ocurreo además que el acceso universal y expansivo a la información, a internet, a los "mass media", al periodismo global (e incluso local), a los noticiarios, a las enciclopedias, a los cedés y a los deuvedés, a la información digital, a la televisada, radiada o impresa, a todas estas cosas, en vez de servir para destrozar tópicos y ofrecer nuevos puntos de vista para el análisis, al revés, han hecho que el prejuzgar se extienda y sea más fácil, que el prejuicio sea la verdad y que la verdad de verdad interese cada vez menos, porque tenemos tanta información, tenemos tantos datos para analizar, miramos a tantos lugares a la vez que no profundizamos en nada, no buscamos, nos apropiamos y hacemos nuestras de las opiniones de sesudos tertulianos, imponentes analistas e intelectuales con cátedra y premio, creemos que lo que nos cuentan es la verdad, y sí, todo es verdad, no digo que se inventen nada (aunque a veces quizá lo hagan), pero es una verdad tan plana, tan sencilla, tan banal, tan de titular y ahí me quedo, tan sesgada, tan pobremente analizada, tan parcial e incluso tan subjetiva según quién la cuente, que al final, de verdad, terminamos por no saber lo que ocurre de verdad, y lo peor es que creemos que la sabemos mejor que nadie en el mundo y en la historia.

Todo esto lo escribo porque me viene a la cabeza tras lo que me ocurrió en Turquía, o mejor aún, antes de irme. Irse a Turquía es verse envuelto en la maraña de prejuicios y topicazos: que si son moros, que si son pobres, que si el terrorismo, que si cuidado, que si el respeto, que si los burka: "que ayer leí en el periódico que a una mujer le metieron droga en la maleta", "que en la noticia salió un hombre que estuvo en la cárcel por comprar una piedra en una tienda", "que en una película se cuenta lo mal que lo pasa un tipo en una prisión turca", "que a una chica la arrestaron por participar en una manifestación", "que las mujeres no pueden ni salir a la calle", "que todos los moros son unos guarros", "que todos los musulmanes son terroristas".

Ignorantes, estúpidos, superficiales. Eso y más es lo que somos por creernos todo lo que nos cuentan, que en las noticias sólo sale lo malo, porque lo malo es lo que vende y lo que acaba por ser noticia, porque lo bueno pocas veces es noticia. ¿Nunca os habéis fijado que los titulares de los periódicos "serios" son siempre negativos, y, curiosamente, en los deportivos sólo vemos sonrisas y felicidades? ¿Ha ocurrido que la información no es ya más que un producto de venta, un objeto de compra, una rama más del consumo diario de leche, huevos, móviles y grandes hermanos? ¿Que ya las noticias no son más que otro producto de consumo, y que la información de verdad ya no existe?

Turquía es el país más tranquilo, seguro, hospitalario y acogedor en el que he estado en mi vida. Que no dudo que haya peligro, que me pasé todo el tiempo agarrando la maleta por si me la robaban, que cuando me decían un precio me lo pensaba 3 veces porque siempre me quedaba la duda de si me estaban engañando, que tuve un cuidado extremo en todo momento... pero los prejuicios iban cayeron, poco a poco, sorprendentes, uno a uno, y al final ya no quedaron ni uno.

Turquía no es un país "árabe", puesto que árabes son los que vienen de Arabia y los que hablan árabe, y Turquía no está en Arabia y el turco es una lengua de origen y raíz centroasiática, como el mongol, de donde viene el pueblo turco. Y que además se escribe con caracteres latinos.

Turquía no es un país musulman, aunque lo sean el 99% de sus habitantes. El laicismo es oficial e impera en todas las manifestaciones públicas, desde la prohibición de llevar el velo en la universidad o en el parlamento hasta la igualdad estricta y legal entre hombres y mujeres.

Turquía no es un país radical, plagado de terroristas y malechores, sino un país acogedor, de gente honesta y hospitalaria, mucho más honesta, acogedora y hospitalaria que cualquiera de los países que haya visitado o vivido, incluyendo nuestra querida y sobrevalorada España, y eso lo puede corroborar cualquiera que haya estado más de media hora en tierra turca.

Turquía es un país rico, no tan rico como España pero donde la pobreza no salta a la vista, donde la gente tiene trabajo, la industria es floreciente y el hambre y la marginación no se ven como me decían. Cierto es que no lo conozco todo, que habrán sitios y sitios, que seguro que hay pobreza, que el nivel adquisitivo de la rica Europa no lo he visto allí, pero casa, comida, coche, panel solar y parabólica, quien más y quien menos, pero todos tienen. Aún más, Turquía es un país caro.

Turquía es un país seguro, donde las leyes no son extrañas, ni intransigentes, ni radicales, ni musulmanas, sino laicas y occidentales (esto último no digo que tenga que ser bueno a priori). Que estoy seguro que quien se mete en problemas es porque quiere, o porque lo sabe y se arriesga. Que de meterme droga en la maleta (pero ¿alguien se cree de verdad que quien lleva droga no lo sabe?), de venderme cosas ilegales, de manifestaciones peligrosas, vamos, que nada de nada, que a quien le ocurrió fue porque lo buscó.

Finalmente, Turquía es un país limpio, de ciudades limpias, de comercios limpios, de cocinas limpias y de limpieza suprema, más que en España, más que Italia y más que en la mayoría de bares y restaurantes en que jamás haya estado.

Y, además, Turquía es precioso.

No dudo de las noticias, dudo de nuestros juicios. De eso y de la profundidad del informador: me gustaría saber qué hay realmente detrás de lo que nos cuentan. Estoy seguro que al que metieron en la cárcel por comprar una piedra sabía que aquello era ilegal, que era un trozo histórico, o valioso, o lo que sea. "Que en Europa no te meten en la cárcel por eso". Bueno, primero infórmate, y luego juzga. Primero visita, primero busca, primero sé crítico y no te creas lo que te dicen, porque cada vez estoy más convencido eso que decía U2 en su gira zooropa: "everything you know is wrong". Que por cierto es curioso: Bono quiere salvar el mundo... y su gira es la más cara y contaminante de la historia de la música.